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... y ahí está esa cajera del supermercado que me cree ladrona y me pide un documento que acredite mi identidad cuando le doy mi tarjeta de crédito aunque ella asegura que es por mi seguridad. Y después es el responsable del supermercado que me dice que debo acreditar que soy yo por mi seguridad, imagínese que le han robado la tarjeta y blablabla, pero eso que está diciendo me convierte a sus ojos en presunta ladrona de tarjetas de crédito, en presunta delincuente, así que llamo a la policía y vienen dos agentes y después de exponerles esta situación deshonrosa para mí, le explican al responsable que es cierto que ellos no pueden obligarme a pedir que me identifique, que va contra la Ley con mayúsculas y el Orden con mayúsculas, que va contra los derechos que, como ciudadana me otorga ese juguete al que llaman Constitución. Y el policía me pregunta si deseo algo más y le digo que sí, que quiero denunciarles, que me niego a aceptar que los ciudadanos se conviertan en policías de estados totalitarios que vulneran mis derechos civiles básicos, que quiero denunciar a estos imbéciles, al responsable y a la cajera, por más que ella cumpla órdenes, como si el cumplimiento de órdenes inmorales eximiera de la responsabilidad. Y mientras hay una cola enorme de personas con carritos que tratan de explicarme que es corriente o usual o normal que me identifique cuando uso una tarjeta de crédito, que ellos lo hacen siempre y que, por lo tanto, yo debería hacerlo también. Y no, me niego a ser considerada ladrona, me niego a la existencia de unidades de precrimen.... los métodos del estalinismo más salvaje adaptados por estos neoburgueses de clase media pendientes de tipos de interés y del precio del gramo de cocaína que aceptan que les consideren como ladrones de tarjetas de crédito...
... y conversaciones sobre drogas y sexo en trenes que cruzan la Zona, y una mujer que me cuenta de sus amoríos con otra mujer, lleva su nombre tatuado en el seno izquierdo bordeando un pezón excesivamente blanquecino, en un tren-hotel que baja hasta Málaga. Y un hombre excesivamente peludo y muy delgado con un anillo de titanio en la punta de una polla delgada y levemente doblada hacia el lado izquierdo y mis hormonas que se revuelven y me gritan y aunque trato de no prestar atención es como negar la existencia de un rascacielos enorme en una ciudad de bloques de ocho plantas. Y es una regla dolorosa hasta extremos migrañosos que combato con lisérgico que me trae Emilio, lo suficientemente bueno como para disfrutar durante dos días con sus noches de plantas carnívoras y peces de colores y brazos extensibles y pies prensiles. Y es el espanto de una muchacha de veinte años cuando folla con un hombre de cuarentaytantos, el espanto de sentirse juguete o trapo cuando ese hombre le arrebata orgasmos hasta ahora perdidos en las profundidades cavernosas de un lóbulo cerebral. El espanto de no estar-a-la-altura, como si ese tipo de altura fuera medible, cuantificable, mensurable y usa ese horror que algunos psicólogos definen como una opción inteligente que consiste en convencerse de que nada va a salir bien con lo que el nivel de decepción o de pérdida se reduce considerablemente cuando realmente nada sale bien. Y me río de esa chica a borbotones...
... y es una noche fantasmal con un grupo de personas que fuman sólo marihuana de Burgos o de Vitoria y alguien que prepara un nevadito y alguien que saca cuatro gramos de speed y alguien que saca un baúl diminuto con veinte gramos de cocaína cortada con algún hipnótico suave y alguien que saca cristal y alguien que trae una bolsa con cogollos enormes y a esto lo llaman FiestaDeInauguración de un piso alquilado por un agricultor urbano que me enseña sus sistemas de plantación para marihuana y los juegos de focos y dos conejos encerrados en una jaula que es para otro tipo de animal más grande y seis gatos con nombres de reinas judías aunque todos son machos o quizá sea por eso que todos tienen esos nombres de reinas. Y la FiestaDeInauguración alcanza su apogeo cuando todos los que me rodean parecen zombies, pero ninguno de ellos lo es: ninguno está lobotomizado aunque aparentemente todos lo estén...
... y es una partida de póquer en un bar iluminado con barras fluorescentes de color blanco y mesas de formica cubiertas con un tapete verde gastado por los bordes. Y aquí todos bebemos. El primero que se cae de la partida vomita su rabia metiéndose un gramo en treinta minutos. El segundo revienta una botella de ron oscuro. El tercero se levanta al modo de los clientes de los bancos cuando les niegan un crédito para comprar una segunda vivienda o tercera. El cuarto recibe una llamada, su mujer está de parto, y abandona la mesa con algunos euros menos en el bolsillo. El quinto tarda en caer. Después pago una ronda y el sol aparece detrás de unas colinas rocosas coloreando de violeta un mar aceitoso...
... es un hombre que me cuenta de su vida sentimental justo en el instante en el que enciendo un cigarrillo y mi cuerpo está pegajoso de semen y sudor. Y le digo que no me importa en absoluto nada de todo eso que me está contando, pero el tipo insiste, así que cojo su polla y la chupo el tiempo necesario para que se calle, diez o doce segundos. Después me levanto, me visto y me voy antes de que me siga aburriendo con nombres de personas que no son de su sexo...
... y llevo muchos días sin escribir, y lo noto. Mi memoria desmemoriada tiene la apariencia de un queso de Gruyere. Y hay decenas de hechos que he olvidado por completo, sólo regresan a mi cerebro cuando alguien comenta algo que hice-hicimos juntos, de otro modo es imposible. Y trato de ser consciente en todo momento, estar perfectamente lúcida para mantener en esa memoria desmemoriada todo esto que escribo, pero no funciona, no últimamente. M. diría algo al respecto. Sólo recuerdo con nitidez el nombre de todos los amantes y cómo follamos cuando follamos. También recuerdo el nombre de todos los ectoplasmas que, de cuando en cuando, se sientan junto a mí en una terraza y comparten un café o me observan desde lo alto de un televisor o desde una azotea próxima...
... y después es una mujer que siente vergüenza al correrse en mi boca, tensa los músculos de las piernas cerrando las piernas o, como ahora, su cabeza se pierde en meandros de cosas que nada tienen que ver con este momento finito y perfecto. Y me lo dice, me dice que es increíble que su cabeza se vaya hacia las nadas cotidianas revestidas de solemnidad aparente justo cuando está a cuarenta y cinco segundos de un orgasmo multicolor, que no puede comprender por qué eso es así pero que lo es. Y hablamos un rato, fumamos cigarrillos aromatizados con marihuana que ella lía con una sola mano, y nos reímos y olvidamos que no nos hemos visto nunca antes, que jamás nos volveremos a ver después...
... y es un hombre inexperto que no debería serlo por razón de su edad, ya sabes, el valor de la experiencia y blablabla, y que le digo que es bastante sosa y aburrida esa forma de follar, como si mi cuerpo sólo fuera aprovechable en un cincuenta por ciento y el suyo en un cuarenta y ocho por ciento y el tipo recurre a tópicos irracionales, no sabe qué es lo que me gusta y qué no, no sabe nada de mi cuerpo, blablabla, esas frases bobas que se escuchan en algunas series infantiles de televisión. Y me río mientras me visto y me dice que le gustaría volver a verme y le digo que no...
... y es una mujer en la playa rodeada de hombres que hablan en un francés de ultramar. Ella está tumbada boca abajo y ellos están sentados sobre toallas multicolores, con los ojos cubiertos por gafas de sol. Y ellos ríen, superponen sus conversaciones mientras ella finge dormir o realmente lo hace, o quizá esté muerta y estos hombres estén cumpliendo con un ritual de muerte desconocido para mí. Un avión sobrevuela las casas del Cabañal. Detrás se escuchan los redobles de los tambores de las cofradías que desfilan por las calles estrechas y sucias. Uno de los hombres acaricia la espalda de la mujer con el dedo corazón. La mujer mueve un brazo, ese movimiento que se hace cuando tratas de espantar un insecto. Faltan chicharras en esta playa que construyan una banda sonora para este instante...
... bajo en una estación intermedia, una de esas ciudades que aparecen en los mapas con un lunar negro de tamaño mediano. Hay una bruma intensa que desdibuja la la luz de las farolas y las convierte en pequeñas nubes anaranjadas. Detrás del edificio de la estación hay una ciudad o un pueblo con casas de cuatro y cinco alturas. Pierre me lleva hasta un edificio que no figura en ningún libro de arquitectura contemporánea. El piso es pequeño. Nos desnudamos a la velocidad de la luz. El suelo de la cocina que es salón y comedor, está frío. Sus besos no son más que simulacros. Sus caricias parecen copia de algo que ha recibido o visto en el cine alguna tarde de verano. Su polla entra con facilidad. Se mueve con esa tensión aparente de los actores de algunas películas para personas cuya edad es superior a dieciocho años aunque ello no suponga en ningún caso ser un adulto. No logra conmoverme, pero es divertido. Su vientre me gusta. Sus labios me gustan. Su mirada felina me gusta. Su culo me gusta pero es intocable. Miente cuando asegura que le encanta practicar el sexo anal...
... y es un hombre haciendo fotografías en una estación de ferrocarril que si aparece en algunos libros de arquitectura contemporánea y otro hombre con un chaleco de color verde fluorescente que le dice que no puede hacer fotografías aquí adentro y que le obliga a enseñarle las que ha hecho. El fotógrafo cambia la batería de la máquina y le enseña las fotografías. El hombre del chaleco fluorescente, después de verlas con ojos bovinos, le dice que están bien pero que no puede hacer más. Y me acerco a la pareja y le pido al del chaleco fluorescente que traiga el reglamento escrito que prohibe sacar fotografías del interior de la estación. Y dice que no lo tiene y dice simplemente que no puede hacerlo y salgo a la calle y pido a un policía que me acompañe porque quiero poner una denuncia a ese pseudopolicía que prohíbe hacer fotografías de un edificio público sin que exista ninguna norma o reglamento o señal que lo indique y alguien vuelve a sacar el palabro Seguridad, MiSeguridad, y me río a carcajadas y pongo la denuncia y el del chaleco fluorescente llama a un jefe y estamos ocho, tres policías, tres pseudopolicías, el fotógrafo y yo, y es una discusión en la que los pseudopolicías tratan de explicar por qué no es posible sacar fotografías del interior de esa estación, algo inocuo salvo que crean que ese fotógrafo y yo colaboramos con prestigiosos grupos terroristas o algo así, pero insisto en poner la denuncia, en denunciar a esos pseudopolicías que se inventan normas prohibitivas al más puro estilo estalinista...
... Lincoln: Aquel que está dispuesto a sacrificar Libertad a cambio de Seguridad, no se merece ni la una ni la otra...
... y es un bistrot. Y es noche fría. Ceno sola esta noche, atravieso un parque, subo hasta la habitación que ocupo en este hotel, me ducho con el agua muy caliente, me masturbo, fumo dos cigarrillos y me acuesto para dormir...
... es un hombre que es médico, eso dice que es, médico, como si eso fuera importante o significativo o me proporcionara más información acerca de él. Hubiera preferido que me dijera SoyPiscis o MeGustaElVerde o cualquier otra cosa aparentemente más frívola, más vital. El médico habla conmigo acerca de nada, una de esas conversaciones sobre la nada cotidiana que dan la sensación de simpatía o cordialidad. Me invita a un vodka con zumo de naranja en un bar razonablemente acogedor. Después, mucho más tarde, su lengua diminuta humidifica mi coño de una forma basta, casi infantil. Sus manos se agarran a mis tetas. Su polla entra en mi boca. No es demasiado grande. Cuando mi lengua roza su escroto, el médico dice No con todo su cuerpo. Sus besos son ahora de animal doméstico. Follamos en un sofá sintético negro. El médico deja un treinta y cinco por ciento de mi cuerpo sin tocar. Entrega sólo un veinte por ciento del suyo. Tenemos tiempo de sobra para comernos el cien por cien, pero el médico enciende un cigarrillo...
... es algo así como una fiesta en un bar. Todo el mundo lleva cocaína encima. Hasta quince veces digo NoGracias. Bebo cerveza con vodka. Los que me rodean entran en círculos cada vez más cerrados, más ensimismados...
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